martes, 18 de julio de 2017

Salinas "viejo". Las historias de la Historia.

La importancia del mantenimiento de la Casa altoaragonesa ha sido ya explicada en multitud de publicaciones.  No obstante, encuentro una bonita historia en “nuestra” zona pardinera que muestra los extremos de lo que estamos hablando; con motivo de una reclamación “de recobro de maravedíes” que presentó José Lasaosa, vecino de Salinas, contra tres hermanos jacetanos, Andrés, José y Lorenzo Torres.

Rebuscando entre la documentación entresacamos datos del porqué de esta reclamación.  Y para ello comenzamos relatando que Fray Pedro de los Dolores, carmelita descalzo y regente por aquel entonces de la Parroquial de Salinas, en el marco de esta reclamación certificaba por escrito que el 25 de enero de 1779 se celebraron en el pueblo dos bodas.


Iglesia de Salinas, donde tuvieron lugar las bodas

En aquel festejo, dos primos hermanos de Salinas (que, por lo visto, vivían en la misma casa), José Lasaosa Mayner y Lázaro Lasaosa Castán; contrajeron matrimonio con dos hermanas, Mª Antonia y Mª Rosa Gella López, que habían llegado a Salinas provenientes de Arto.  Las hermanas estuvieron en la boda acompañadas por sus padres, Alexandro Gella y María López; y actuaron como testigos un vecino de Salinas, Pascual Castán; y el entonces cirujano del pueblo, Agustín Yriarte.  Tras la boda, las dos nuevas parejas siguieron compartiendo la casa. 

Décadas después, ambos matrimonios (José y Mª Antonia; y Lázaro y Mª Rosa) habían tenido ya descendencia, así que pactaron que sus respectivos hijos, primos hermanos por parte de madre y primos segundos por parte de padre, contrajesen matrimonio, solicitando para ello una dispensa.

Para comprender mejor el relato, explicamos que la “novia” de la nueva boda en ciernes (que suponemos, poco habría opinado en esta historia), Mª Bernarda Lasaosa Gella, era hija de José y Mª Antonia y había nacido el 3 de enero de 1783, siendo bautizada por Antonio Lanzeta, natural de Bailo; y actuando como padrinos Pascual y María Castán, también de Salinas y habitantes entonces en Montañano.

Por su parte, el “novio” (que suponemos, habría pintado lo mismo que la novia) Francisco Lasaosa Gella, era hijo de Lázaro y Mª Rosa y había nacido el 17 de febrero de 1787.

Puesto que ambos matrimonios ya vivían en “una misma casa y compañía” y deseando los padres “que los bienes de aquel consorcio de ninguna manera se desmembrasen sacando a cualquiera de los dos a casar fuera de la casa, trataron y convinieron pareciéndoles lo mejor…”.

Vaya, que la mejor solución que encontraron para el mantenimiento de la Casa, fue este pacto.  Por eso, a través de José Solana, vecino de Larués, en 1807 hicieron llegar al rector de Salinas, Francisco Puente, 3270 reales 28 maravedíes de vellón, para la dispensa matrimonial a favor de Francisco y Bernarda.

Pero los meses pasaron y el llamado “breve de dispensa” no llegaba, así que los padres abandonaron la idea y tanto Bernarda como Francisco “se vieron obligados a casarse” con otras personas.  Bernarda, por primogénita, fue nombrada heredera de la casa, casándose el 22 de junio de 1812 con Juan Ramón Viñas.  Por su parte, su primo Francisco hizo lo propio con Joaquina Laín el 18 de febrero de 1819.

Las vidas prosiguieron para estas nuevas parejas, que probablemente intentarían algo similar con sus descendientes.  Pero, de nuevo, os cuento una de estas pequeñas “historias de la Historia”, para ser conscientes de las vicisitudes a las que tuvieron que hacer frente nuestros antepasados para lograr mantener aquella vieja sociedad autárquica.



lunes, 19 de junio de 2017

Salinas de Jaca. El pueblo nómada

Salinas nunca fue un pueblo grande.  Su origen, como su nombre indica, está ligado al establecimiento de un grupo de personas para explotar unas salinas que durante muchos siglos fueron posesión de San Juan de la Peña.  Existen datos desde al menos el s. X, aunque en 1495 Salinas contaba únicamente aún con 5 fuegos (frente a los 40 de Bailo, 17 de Larués o 6 de Paternoy), cuyos cabezas de familia eran:

- Pedro Jaz, alcayde.
- Johan de Fuertes.
- Johan Castán.
- Miguel de Alcayde (¿hijo o familia de Pedro Jaz?)
- Johan de Lobera.
 
Salinas, el pueblo original o "viejo"


Su término tampoco era muy extenso, confrontando por el norte con las pardinas de Jaz (Chaz), Mullermuerta y Rompesacos; por oriente con las pardinas de Visús, de Samper de Asabón y de Tolosana; por el sur con Agüero y por occidente con Fuencalderas y la Pardina de Ferrera.

El estar tan rodeada de pardinas hizo que en el s. XIX, a raíz de la Desamortización, su territorio creciese bastante, cuando varios de estos predios cercanos pasaron a ser término de Salinas (para saber más sobre el tema, el libro “Las pardinas del río Asabón. Crónicas de un mundo olvidado”).  Pero Salinas seguía siendo un pueblo que a mediados del s. XIX apenas contaba con 21 o 22 casas (Madoz le contaba 44 casas, incluyendo en Salinas el “barrio” de Villalangua y pardinas como Montañano, Chaz o Mullermuerta, actualmente en Bailo; o Ceresto, ilocalizada).

Las casas de este lugar, ahora convertidas en meros bultos bajo la vegetación, se desparramaban por una ladera al sur de Punta Espata (topónimo, por cierto, repetido por nuestra geografía, que se podría traducir por “cima pinchuda”). 

Por supuesto, los accesos en este territorio tan montaraz no eran fáciles.  Caminos de herradura que debían de cruzar, bien la Osqueta, bien la Foz, para llegar desde Agüero o Villalangua.


 Las rallas de la Foz

Aunque no por difíciles estaban poco transitados.  En Salinas tenían muchos lazos familiares con Agüero.  Ángeles Callau, de Casa Bastarós, recuerda que siendo niña, su madre la montaba en el burro y le decía “a Casa Zapatero” y el animal la llevaba hasta Agüero. 


Antes de la ruina (arquitectónica y humana) de Salinas, al traspasar la foz homónima llegabas al pueblo por su parte más alta, topándote con la iglesia (bajo la advocación de Santa María Magdalena), el Ayuntamiento, donde además de despachar el secretario se hacía el baile; las escuelas y casa de los maestros y una plaza con un frontón ya que la pelota, junto a lanzar el barrón, eran los juegos favoritos de los hombres.
 

Las antiguas casas han sido escondidas bajo la alfombra, como si los dueños hubieran sentido vergüenza de que el visitante las viera en ese estado


El resto del pueblo se diseminaba a partir de aquí y esencialmente se estructuraba en una calle Alta y una calle Baja, unidas en perpendicular por la calle del Medio.  Al fondo de la calle Alta había una fuente de agua de boca y en esta parte alta del pueblo, cerca del paraje conocido como El Pardinal, estaban también las eras del pueblo.  Había varias eras particulares y una era común, donde las mujeres solían soltar las gallinas y cerdos.

Delante de Casa Bastarós estaba también el horno comunal, donde las distintas casas podían hacer su pan.

Y bajando por la calle del Medio llegábamos a la calle Baja, por donde encontraríamos Casa Visús, con diferencia la más fuerte del lugar.  El escudo de su familia estaba labrado en los muros de la iglesia, donde solían disfrutar de una capilla para escuchar la misa. 

En esta misma parte baja del pueblo estaba también “el cantón”, un grupo de casas en una esquina muy sombría, a juzgar por los recuerdos de sus moradores (Casa Melchor, Ruso..).  En Casa Melchor decían que en invierno en su fachada el sol no pegaba hasta el día de Reyes (“y solo pasaba a saludar”).  También, entre Casa Visús y Casa Sebastiana, estaba el cementerio viejo, aunque nunca vieron ahí entierros o restos de tumbas.

El cementerio de principios del s. XX estaba casi en el cauce del barranco, un poco más abajo de la zona conocida como “Fontiellas”, donde se encontraba el lavadero.  La situación de este lavadero era incómoda para bajar la ropa, aunque era peor a la vuelta, ya que era subida y la ropa mojada pesaba mucho más.  No obstante, también tenía puntos a su favor, ya que estaba cubierto y dicen que el agua en invierno no salía fría.


En ese mismo barranco brotaba una fuente salada, que usaban todas las casas para fabricarse su propia la sal.  La hacían hirviendo ese agua en un caldero en el hogar, aunque en los guisos echaban directamente cucharadas de agua salada ("las madres ya tenían cogido el tino").  



Para el resto de abastecimientos, los de Casa Ismael de Villalangua solían subir una vez a la semana con productos del racionamiento, con aceite, bacalao, jabón o similares.



A la izquierda de la foz se aprecia la construcción cuadrangular de la iglesia de Salinas.  A la derecha de la foz, abajo y entre campos, Villalangua

Pero también había hueco para la fiesta.  En Salinas eran valientes, ya que las celebraban en invierno, para Santa Águeda y San Sebastián; aunque también existía una romería para San Miguel, cuando los de Villalangua subían a buscar a los de Salinas y bajaban todos juntos de vuelta a Villalangua.  Dicen que en “la cruceta” (dos cruces que había al canto del camino ya cerca de Salinas, pasada la Fuen de la Rata) el cura paraba y apuntaba a los que habían faltado de Villalangua.

A mediados del s. XX, supongo que por motivos de mejora de accesibilidad, a los que se debió añadir algún problema de corrimiento de tierras en la ladera, Salinas decidió bajar al conocido como “Salinas nuevo”.  Pero transplantar algo tan viejo, con tantas raíces, no suele dar un buen resultado.  Este último e impresionante esfuerzo por sobrevivir no contaba con la gran sangría humana que la creciente industrialización del país iba a hacer en el medio rural.